Y ahí van, veo como se funden en la nada y se alejan a pasos agigantados, tanto, que parece que vayan a emprender el vuelo de un momento a otro. Las necesito tanto para vivir que se convierten en el combustible de mi existencia, una importancia tal que la terrible ausencia me produce náuseas y estremecimiento agudo. Se fueron, me veo en un camino largo y oscuro, lleno de paredes empedradas y el olor a miedo impregnado en el suelo resbaladizo. Es como si de pronto, me hubiera quedado sin alma. De paso por la tierra, vagabundo de nadie, perecedero de puestas de sol y apariciones de luna llena. Se fueron y deseo que vuelvan, pues mis sueños y ambiciones cayeron en picado por un gran acantilado, encontrándose al final de la caída con grandes puntas de roca afiladas que acuchillan todo a su paso. Se fueron... se me fueron... las ganas. Esas ganas que te hacen querer vivir, que te hacen ser persona, reír y llorar. Esa motivación que te empuja al borde del abismo y te tiende una cuerda si es necesario. Las locuras de un Don Nadie al servicio de todo. No sé cuando volverán, solo sé que las estoy esperando.
Crónicas de un Domingo por la tarde.
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